OPINIÓN de Diego Rojas – Existen ciertos volcanes que parecen estar apagados hasta que la combinación de movimientos de placas y la elevación de la temperatura del magma terrestre producen la erupción de lava y fuego, furia de la naturaleza. La erupción condensa condiciones existentes anteriores, pero cristalizadas por una serie de factores combinados en el mismo lugar y en el mismo tiempo —y que producen un nuevo estado para ese volcán.

Algo similar podría decirse sobre la izquierda argentina, embarcada en un debate nodal respecto a qué posicionamiento tener frente al Gobierno de Mauricio Macri, que, en realidad, revela tendencias latentes de características históricas en este sector político, como el adaptacionismo y la sumisión a las presiones del nacionalismo burgués o diversas tendencias de la pequeña burguesía. Los debates en la izquierda tienen una importancia radical, ya que de ellos depende una acción política concreta que marcará sus posibilidades de desarrollo —o no— en el próximo período. Sobre todo en un momento en el que la izquierda influye políticamente a significativas capas de trabajadores que decidirán su participación independiente —o no— en la crisis, en medio de la paz social garantizada por las direcciones sindicales, en gran parte kirchneristas.

El episodio que desató con mayor virulencia este debate gira en torno a la detención de Milagro Sala. El reclamo por la libertad de la dirigente jujeña es correcto en tanto y en cuanto fue detenida por el “delito” de protestar, una medida gubernamental que proyecta de manera definida la criminalización del derecho al reclamo y que debe ser enfrentada incluso como medida de autoprotección para los luchadores del próximo período. Sin embargo, gran parte de la izquierda se pasó sin ambages a la defensa de Milagro Sala, al postularla como luchadora y concurrir —acontecimiento notable— al acto realizado en plaza de Mayo, organizado por el kirchnerismo, que se convirtió en una encadenación de homenajes a Sala y que concluyó con la asistencia cantando la consigna kirchnerista de: “Vamos a volver, a volver, a volver, vamos a volver”. Sin delimitación alguna, la izquierda había aportado su presencia a un acto que contó en el palco con la presencia de Guillermo “Patota” Moreno, Martín Sabbatella, el ex ministro de Defensa, Agustín Rossi —que bancó al represor César Milani y bajo cuya jefatura de bancada los kirchneristas aprobaron la ley antiterrorista—, entre otros.

No sólo eso. El Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), partido al que pertenece el ex candidato Nicolás del Caño, suscribió un documento con la rúbrica de un legislador cuyo contenido es ajeno por completo a la así llamada “izquierda revolucionaria” —que fue firmado en conjunto con diputados el Frente para la Victoria— y que plantea un acomodamiento a la defensa del orden constitucional actual, cuando tal sector político plantea históricamente una superación de este orden con características sociales totalmente diferentes. Tal partido censuró las críticas de otras organizaciones de izquierda a Sala en nombre del objetivo superior de la lucha por su libertad, cuando Milagro expresa la regimentación estatal de los movimientos de lucha, la precarización laboral por medio de cooperativas de miles de trabajadores jujeños y la represión tercerizada mediante patotas a opositores al régimen de Eduardo Fellner y Cristina Fernández durante la década ganada.

El Partido Obrero, por caso, había sido criticado por no concurrir a la movilización kirchnerista y fue el principal impulsor de una movilización independiente, aunque esto le haya valido críticas en las que se lo caracteriza como macrista por no sumirse a la dirección de los K: un despropósito. Una posición de principios y autodefensa contra la criminalización de la protesta social se había transformado en un frente antimacrista encabezado por el kirchnerismo residual, al que se sumaba la izquierda.

La delimitación del kirchnerismo fue la gran ausente de la actuación de la izquierda en estos días. Pero no es una novedad. En realidad, se trata de un debate que lleva décadas en la izquierda y que hoy adquiere rasgos actuales y convulsivos debido a la violencia con la que una parte mayoritaria de ese sector decidió acercarse al kirchnerismo de un modo inédito. Para el Nuevo Movimiento al Socialismo (MAS), por ejemplo, la asunción de Mauricio Macri se trata de un salto cualitativo respecto del Gobierno anterior, cuando, en realidad, las medidas de gobierno del macrismo son calcadas de las tomadas por Axel Kicillof en enero de 2014: devaluación y suba de tasas de interés internas.

El Gobierno de los hiperbeneficios al sector agroexportador mediante la baja de las retenciones es quien nombró al antiguo kirchnerista y autor de la 125, Martín Lousteau, como embajador en Washington: una adhesión por parte de los K primigenios al ajuste macrista. Que no cesa allí: Mario Blejer, Miguel Bein y Gustavo Marangoni (capitostes del plan económico y político de Daniel Scioli) reconocieron que ellos hubieran hecho lo mismo que Macri, o le prestaron admiración y solidaridad. A pesar de todo esto, el MAS plantea que hay un “salto cualitativo” entre uno y otro gobierno y llega a comparar la situación argentina con la alemana en los comienzos de la década del treinta del siglo XX: como si el kirchnerismo hubiera sido la reformista socialdemocracia alemana y Macri, Adolf Hitler. Un delirio atómico.

De todas maneras, el embellecimiento del macrismo no es privativo del MAS. El PTS planteó: “El crecimiento económico del kirchnerismo dejó, como parte de su herencia, una fuerte recomposición social de la clase trabajadora”. No contento con esta resignificación del Gobierno de la precarización laboral, el PTS rescata a la burocracia sindical. En una entrevista realizada a Roberto Baradel, dirigente de la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA) y miembro activo del kirchnerismo que dejó pasar sus ajustes en la docencia, lo caracterizan como un “‘viejo conocido (en) la misma orilla de los que se plantan hace años” y pronostica que el burócrata se pondrá a la cabeza de las luchas. No sólo adaptacionismo al kirchnerismo, sino defección ante sus representantes en la burocracia sindical. Casi toda la izquierda, además, se especializa en el olvido sobre las diez provincias gobernadas por el kirchnerismo o el pejotismo, que hoy aplican un ajuste y despidos que no tienen nada que envidiar al del Gobierno nacional.

No se trata de nostalgia —quizás surgida por el acostumbramiento a doce años de kirchnerismo—, sino de un regreso al adaptacionismo a la variante política del nacionalismo burgués. En lugar de delimitarse de todas las corrientes del espectro político del sistema, la izquierda sucumbe a ellas y plantea un frente único con quienes erigieron desde el Estado las condiciones para el triunfo de Macri y su ajuste —que no diferiría, muy probablemente, del propio en medio de un agudizamiento de la crisis capitalista mundial. Un frente único con los autores de la ley antiterrorista y cuyas represiones costaron veinte vidas a lo largo de la década ganada. Un frente único con un supuesto mal menor contra un supuesto mal mayor, cuando en realidad el ascenso de Macri se produce en el marco de una crisis de régimen de conjunto.

La opción para la izquierda es la delimitación de las corrientes capitalistas y la fisionomización propia, que se producirá en agudización de la lucha de clases, que sobrevendrá, pero sobre todo de su planteamiento estratégico político. De otro modo, será la protagonista de un retroceso de características impensadas.

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